Música y publicidad siempre han tenido una gran relación. Por un lado la música ayuda a que recordemos mejor un anuncio y, por otro, la publicidad tiene un gran poder para convertir una canción en un éxito (sino que se lo pregunten a Coque Malla resucitado de entre los muertos por el anuncio de IKEA)
Sin embargo, últimamente estamos viviendo un fenómeno que, si bien no es nuevo, (era muy típico en la publicidad de los años 80, por ejemplo) sí que está alcanzando su máximo nivel vomitivo. Hablo de esa publicidad que hace que cada vez que no encuentro el mando para cambiar el canal me plantee arrancarme los tímpanos para dejar de sufrir: la publicidad cantada.
Puede que anuncios como el de las tapitas de la ONCE o el del tío raro de Gas Natural consiguieran arrancarnos una sonrisa a mí y a casi todos los que conozco y que incluso hayan logrado ser parodiados hasta la saciedad y que todos usemos frases de sus canciones en nuestro vocabulario cotidiano (efecto viral al canto).
Sin embargo, eso no es una razón para que, de repente, todos los creativos piensen “mira, si esto de cantar en plan coña funciona muy bien” y se dedique en exclusiva a crear spots musicales. Si te cuentan un chiste de Lepe te ríes. Si te cuentan 20 seguidos encima que te han interrumpido la película te cagas en toda su estirpe.
Si al hecho de que la saturación satura, como su propio nombre indica, añadimos la falta parcial o total de gracia o algo que se le parezca de anuncios como el de Banco Santander (que creo que intenta emular esta fantástica escena de La boda de mi mejor amigo) o las doscientas versiones (a cual peor) de Direct Seguros el resultado es mucha gente harta de tanta cancioncita.
Señores creativos, hagan honor a su nombre y exploren nuevas vías que ésta está ya muy concurrida y empieza a rebasar la línea que separa el aburrimiento del asco.





